Florencia cortó un trozo de tela de su brillante pollera de satén. Con ella se vendó los ojos, con su propósito bien oculto tras ellos. Su corazón saltaba de alegría. Quizo probar primero, para asegurarse, y estiró su mano derecha hacia adelante. Con sus finos dedos palpó la suavidad etérea de su inocencia. Sus labios esbozaron una sonrisa: funcionaba. Alzó su brazo izquierdo y ésta vez, su piel rozó la soledad que inundaba la habitación. De sus ojos brotaron, como palomas liberadas luego de un largo período de encierro, dos lágrimas, que se vieron atrapadas en el satén que cegaba a la chica. Florencia sintió curiosidad y avanzó un paso. La punta de sus dedos sintió el suave tacto de otra piel, una gélida y lisa. ¿Cómo podía ser? Y, ¿qué era esa pequeña corriente eléctrica que atacaba sus miembros hasta llegar a su corazón? Florencia siguió el contorno de esa suave piel, descubriendo una mano que también parecía explorar la suya. La curiosidad venció a Florencia, que, agobiada por preguntas, casi arrancó la venda de sus ojos para descubrir con ellos unos ojos color musgo que le devolvían la mirada.
(Para Lucía, y muchas gracias).
23 feb 2010
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